LOS AZUFRES DEL TEIDE La mayoría de las fumarolas volcánicas producen depósitos de azufre que han sido explotados por el hombre desde épocas muy remotas. Dentro del cráter del Pico del Teide, las concentraciones de azufre también fueron explotados durante varios siglos desde tiempos antiguos. Las primeras extracciones se remontan a los inicios del siglo XVI cuando el azufre era un mineral estratégico, pues constituía un componente fundamental para la fabricación de la “pólvora negra”. Ya el historiador canario Abreu Galindo decía en 1632: “A esta isla de Tenerife llaman algunos la isla del infierno, porque hubo en ella muchos fuegos de piedra de azufre, y por el pico del Teide, que hecha mucho fuego de si”. La presencia de azufre en el cráter fue siempre muy llamativa para los viajeros ingleses que arribaban a Tenerife. Todavía en el siglo XVII se podía contemplar el Teide desprendiendo “fumarolas en llamas, las venas de azufre ardiendo, que las gentes llaman caldera del diablo”, producto de su extraordinaria actividad volcánica, tal como la vio T. Herbert en 1624. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, la explotación del azufre la hacían los vecinos de La Orotava y de otros pagos colindantes. En los primeros tiempos, la extracción la realizaban los propietarios de viñedos de Tenerife para combatir las enfermedades de las plagas de oídium y mildiun. La subida al pico era muy penosa y más de una vez se despeñaron mulos cargados con el mineral. Eran los tiempos en que no había un sendero marcado en las laderas del Teide. En el siglo XVIII, una parte importante de la economía tinerfeña se fundamentaba en el vino, y el azufre era imprescindible para limpiar y sanear las barricas y toneles y evitar, también, que se “picara o virara”. Otro uso muy antiguo, y que aún perdura en la zona de La Orotava, fue la fabricación de mezclas pirotécnicas. La primera explotación minera legalizada, que comenzó a finales del siglo XIX, arregló el camino de ascenso al cono desde el refugio de Altavista hasta la Rambleta. Esto favoreció la subida a pie a la cima del volcán que, desde entonces, se pudo hacer también en caballeriza. El ilustrado tinerfeño Viera y Clavijo señala que el Teide era rico en azufres, que se encuentran incrustaciones en grandes cantidades en sus calderas y grietas, y “cuantos viajeros y curiosos suben a aquella altura, admiran y celebran con razón la variedad de sus colores, porque hay azufre blanquecino, azul, verde, amarillo y lo hay virgen, cristalizado, transparente, polvoriento y en filetes”. La dificultad de extracción y transporte del mineral hizo que el yacimiento nunca fuera un gran negocio. El consumo interno de la isla se tenía que completar con importaciones europeas procedentes principalmente de los volcanes italianos de la región de Nápoles y del Etna (Sicilia). La I Guerra Mundial supuso un desastre para la economía canaria. El comercio marítimo entre Canarias y Europa se redujo muchísimo y, con ello, las importaciones. El azufre externo fue uno de los productos que dejó de llegar al archipiélago, lo que impulsó al ayuntamiento de La Orotava a fomentar las extracciones del Teide con los concesionarios del momento. Con el fin de la guerra, en 1918, se terminó la extracción de azufre del Teide, ya que La Orotava se opuso a nuevas concesiones. Sin embargo, a pesar de la prohibición oficial y la existencia de un guarda de montes que puso el ayuntamiento para vigilar el yacimiento, la extracción clandestina continuó hasta los años 40. La explotación masiva del azufre del Teide dejó huella en el interior del cráter. Por los relatos de viajeros y naturalistas se sabe que el cráter, antes del último tercio del siglo XIX, era más profundo y estrecho. 170 EL PICO DEL TEIDE
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