del mundo, lo que, evidentemente, aumentaba el interés por visitarla, medirla y ascenderla. Su visión directa nunca decepcionó al viajero intrépido. Calificativos como los de montaña mágica, majestuosa, amenazante, entre otros, expresan esa impresión grandiosa que provocó, y continúa provocando, su contemplación. Fueron viajeros ingleses y franceses los pioneros que llegaron con fines científicos y culturales. En 1555, el religioso francés André Thevet, ya menciona que en el Teide hay piedras muy porosas, como esponjas, escorias de hierro y piedras de azufre. En 1645, el capitán francés G. Coppier relata que en Tenerife hay una montaña inaccesible que expele sin cesar, por lo alto, humaredas llameantes. En 1683, el ingeniero A. M. Mallet comenta del Teide que “en otros tiempos se creía que en su cumbre había bocas que vomitaban llamas como el monte Etna, en Sicilia, pero hoy ya no se ve nada de eso”. Más tenebroso resulta la descripción del escribano y escritor R. Challe cuando narra, unos años después: “Dicen que nadie ha subido nunca a la cima del Pico porque es inaccesible a causa de las nieves y el frío. Confieso que éstos son terribles obstáculos añadidos a la longitud y pendiente del camino, pero si yo fuera su dueño, enviaría allí a los desdichados condenados a muerte, e indultaría a los que lo consiguieran”. A partir del siglo XVIII, ilustres naturalistas y científicos europeos comienzan a llegar a Tenerife, en misiones oficiales, para realizar mediciones geográficas. Su objetivo era determinar el meridiano cero, establecer la posición geográfica correcta de Canarias y medir la altura del Teide. Aunque desde tiempos de Ptolomeo el primer meridiano cero se situó en la isla de El Hierro, por ser, hasta el descubrimiento de América, el límite del mundo conocido. La referencia primordial de navegación para franceses y holandeses era el Pico del Teide. Esta querencia duró muchos años, e incluso figuraba como meridiano cero en casi todas las cartas náuticas hasta finales del siglo XVIII. Fue en 1883 cuando, de manera definitiva, la presión política de los ingleses estableció el meridiano cero en el Observatorio de Greenwich, cerca de Londres. En 1776, en su tercer viaje a Tenerife, el geodesta y matemático francés J. Borda realizó la primera medición exacta de la altura del Teide, 3.712,8 m. En aquellos tiempos, el pensamiento ilustrado que se abría paso en el continente europeo también llegó a Canarias. Con las observaciones del polígrafo canario José Viera y Clavijo comienzan las descripciones propiamente geológicas del Teide. Viera describe, en 1779, las rocas volcánicas de Las Cañadas y el cráter del Teide. En 1785, la expedición del francés La Perouse llega a Santa Cruz con un equipo de naturalistas. Lamanon, el encargado de la geología y mineralogía, asciende al Teide. En su informe recoge muchas observaciones del volcán, en los siguienVista panorámica del flanco SE del Pico del Teide. 91 LA GEOLOGÍA DEL PARQUE
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