P.N. del Teide 2ed.

tes términos: “El cráter del Pico es una auténtica azufrera que tiene la mayor semejanza con los de Italia; tiene aproximadamente cincuenta toesas de longitud por cuarenta de ancho, y se alza empinadamente del oeste al este. En los bordes del cráter y, sobre todo, hacia la parte más baja, existen varios respiraderos o chimeneas de donde exhalan vapores acuosos y ácidos sulfurosos cuyo calor hizo subir el termómetro de 9º hasta 34º. El interior del cráter está cubierto de una arcilla amarilla, roja y blanca, y de bloques de lavas descompuestas en parte: bajo estos bloques se encuentran soberbios cristales de azufre”. La expedición de Labillardière, enviada por el gobierno francés en busca de La Perouse, subió al Teide y realizó importantes observaciones científicas, como el posible origen para Las Cañadas: “Esta cumbre está terminada por una cresta cuya mayor elevación está hacia el noroeste. Se observa hacia el sudoeste una fuerte depresión que parece haber sido producida por el hundimiento de tierras”. En 1799, el naturalista alemán Alexander von Humbolt pasó por Tenerife en su camino hacia América y subió al Teide. Sus descripciones geológicas del Pico, las publicó años más tarde en su trabajo Cosmos. Pero fue durante el siglo XIX cuando se hicieron las primeras cartografías y los estudios geológicos de importancia científica. En 1803, el ingeniero de minas francés, Pierre Cordier (que dió nombre al mineral cordierita, por ser su primer descriptor) realiza varias anotaciones geológicas que publicó en un artículo científico. En 1815, las islas reciben a uno de los pioneros en el estudio de los volcanes, el alemán Leopold von Buch, amigo de Humboldt. Buch levantó un mapa topográfico de Tenerife y, ante la enorme envergadura de la depresión de Las Cañadas, acuñó el término “caldera” para las grandes depresiones volcánicas cimeras. Igualmente, y como consecuencia de las visitas a Las Cañadas y la Caldera de Taburiente, reafirmó su teoría volcánica de los “cráteres de elevación”. Según esta teoría, los cráteres se producían por dilatación del suelo horizontal debida a la presión ejercida por los vapores a alta presión procedentes del subsuelo. Cuando los vapores lograban escapar, la cúpula hinchada caía y se formaban los cráteres. En 1842, cuando aún Francia era la potencia científica de Europa, el geólogo francés Ch. Saint-Clare Deville, muy interesado en los volcanes y sus emanaciones gaseosas, visitó Tenerife. Fruto de ese viaje fue su publicación titulada Études geologiques sur les îles de Teneriffe et de Fogo (1848). En 1854, el geólogo alemán George Hartung investigó la geología de Canarias. En ese año estuvo en Tenerife acompañando al ilustre geólogo inglés y fundador de la geología moderna, Charles Lyell. Lyell acumuló muchas evidencias sobre las edades de las coladas y las formaciones de los conos volcánicos. Volvió a Sicilia en 1858, e hizo entonces las observaciones sobre la estructura del Etna que refutaban la teoría de los “cráteres de elevación” propugnada por von Buch. Años más tarde, Hartung, junto a los también geólogos alemanes Fritsch y Reiss, publicó el primer mapa geológico de Tenerife. En 1889, fue otro geólogo alemán, A. Rothpletz el que publica un mapa esquemático de Tenerife con las formaciones geológicas del valle de La Orotava. A finales del siglo XIX, el Teide es algo más que una montaña para estudiar geología. Es una verdadera atracción para el flujo creciente de turistas que visitaban la isla, aunque, como es lógico, durante el siglo XX, continuó la investigación geológica de Tenerife, en especial la vulcanología del Teide y Las Cañadas. Escuelas alemanas, francesas, inglesas y españolas siguieron estudiando las peculiaridades geológicas de tan singular espacio, mezcladas, cada vez más, con autobuses de turistas atraídos por el sorprendente paisaje que se contempla en el Parque Nacional. 92 LA GEOLOGÍA DEL PARQUE

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